Parecería como si la aldea del Cincho -si es que alguna vez lo fue-,  tan minúscula, tan apartada, tan carente de vida, de humanidad, hubiera sido alguna vez una especie de cruce de caminos.

El que lleva a ella desde las traseras de la plaza de toros de Cortegana hace mucho desde luego que dejó de serlo, y no lo sería de no ser por las balizas colocadas por el Ayuntamiento para indicar que por ahí fue alguna vez un camino o sendero que llevaba a Almonaster la Real pasando por esa y otra de sus aldeas.

Justo a la salida del pueblo han construido un mirador que te permite llevarte contigo una bonita vista del Castillo, la Iglesia parroquial y la propia plaza de toros, interesante monumento de mediados del siglo XIX perfectamente restaurado.

A partir de ahí, es un escarpado camino que difícilmente da acceso a las pequeñas fincas de castaños que lo flanquean hasta que baja abruptamente convertido en una especie de torrentera que no debe ser transitable en época de lluvia.

Al dejar la barrancada, cruza una finca cuyas porteras pueden ser abiertas, entiendo que por tener alguna servidumbre de paso, y vuelve a parecer que algún día fue un camino que llevaba mansamente hasta la otrora población.

Creo que cuando yo era niño vivía gente allí; al menos una señora que hacía queso fresco de cabra, “quesás” que llamamos en la zona. Ahora no se si habrá algún habitante permanentemente en el destartalado y mínimo conjunto de casas, aunque sí parece que hay algún negocio de alquiler relacionado con el turismo rural.

Las cuatro o cinco casas que quedan en pie en la aldea se agrupan junto a dos caminos; el que me ha traído hasta aquí y otro que sale en dirección a la carretera comarcal que une las que en los últimos años han sido las dos poblaciones más importantes de la Sierra: Aracena, la capital administrativa y cabecera del partido judicial, y Cortegana, que ya vivió tiempos mejores.

Los coches junto al camino, las antenas parabólicas, el ladrido de algunos perros y el humo de alguna chimenea parecen indicar que hay gente en alguna de las casas, pero paso sin cruzarme con nadie.

Al dejar atrás la última de las casas veo que el camino de bifurca y que esas señales de madera que jalonan ahora los caminos ofrecen dos direcciones: Almonaster y Las Veredas.
Ya he hecho varias veces el camino de Almonaster, que pasa un poco después por otra de sus aldeas: los Acebuches, así que elijo el otro.

Aunque Las Veredas, la más pobladas de las aldeas de Almonaster, es conocida como el Hoyo, al estar situada en una depresión del terreno, el camino, perfectamente empedrado, va ahora hacia arriba, para al poco comentar la bajada que nos llevará hasta la última de las aldeas de nuestro camino, a no muchos más de quinientos metros sobre el nivel del mar.

Avanzo por calles que no había visto nunca, con casas preparadas también para ese tan de moda turismo rural que ha modificado un poco la fisionomía de estas hermosas aldeas, hasta llegar a la Cruz: la Cruz del Hoyo o el “Joyo”; la Cruz verdadera, que es como la vitorean los aldeanos y visitantes en las fiestas de la Cruz en el segundo domingo de mayo, que el primero queda reservado para la población que tiene el honor de albergar la Casa Consistorial.

Almonaster es una de esas villas de realengo con un término municipal desmesurado (el segundo mayor de la provincia, pese a contar con una población muy por debajo de los dos mil habitantes, diseminados en multitud de aldeas. Cuanto yo era niño decían en el pueblo que las Veredas tenía más habitantes que Almonaster, aunque dudo que eso haya sido cierto alguna vez.

Mi abuela materna procede de allí, de las Veredas, y recuerdo haberla visitado mucho de niño con mi familia y jugado con mi hermana en el barranco junto al que ahora bajo por una calle muy bien empedrada que termina en el paseo en el que se hacen las fiestas en verano.

Creo que las calles no tenían nombre cuando yo era niño, pero esta se llama ahora “Cruz del Hoyo”, supongo que como un simbólico acto reivindicativo de los orgullosos paisanos de mi abuela Pepa, que Dios tenga en su gloria, como a tantos otros de sus parientes.

Desde ahí subo a Cortegana por la carretera, que está bastante bien asfaltada mientras transcurre por el término municipal de Almonaster la Real, pero completamente destrozada, con baches tremendos y peligrosos cuando lo abandona. Una verdadera pena.

Es un atardecer precioso de primavera ahora que ha dejado de llover y el sol quiere colarse entre las nubes para despedirse.

A Cortegana entro por detrás de la ermita que guarda a Nuestro Padre Jesús Nazareno y a la Virgen del Valle, que me temo que no pudieron salir este año a la calle por el mal tiempo. Paso por la iglesia de San Sebastián, la del Santo, la del Cristo de la Vera Cruz, que también se quedó el Viernes Santo sin salir. El porche está precioso, pletórico de flores húmedas por la lluvia que nos ha acompañado casi toda la tarde.

Camino de la plaza, sobre la barandilla de la escalera que conecta las dos calles que se unen en el Altozano hay otra cruz, de forja, desde la que se ve a lo lejos, sobre la pared de la Iglesia del Santo otra mayor, de granito: la Cruz de los caídos, que el odio visceral que nos envenena ya quiso arrancar alguna vez.

Al pasar por la Iglesia del Divino Salvador, la parroquial, me entero de que van a atreverse a sacar a la calle la procesión del Santo Entierro.

Es curioso como, a pesar de la evidente y objetiva decadencia de la población, que ya hace tiempo perdió el estatus que le daba el umbral de los cinco mil habitantes, que no volverá nunca a superar, la Semana Santa ha experimentado un auge inusitado. No solo se han mantenido los desfiles procesionales de mi infancia del Domingo de Ramos, el Jueves y el Viernes Santo, sino que se han creado nuevas hermandades, como esta del Santo Entierro. 

Así que acelero el paso para ducharme y arreglarme para la procesión, que ahora es a mi a quien toca decir que a las procesiones hay que ir arreglado.

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