Uno de los personajes favoritos de mi padre era Eduardo Barreiros. Yo creo que ese es el tiempo correcto; no puedo escribir que es, porque mi padre y murió hacer ya muchos años, y no puedo escribir que lo fue, porque creo que nunca dejó de serlo. Pero que me corrijan en cualquier caso los académicos.
La mayoría de las historias que me contó de él resultaron ser ciertas, como casi siempre. Alguna de ellas, como aquella por la que serían los propios trabajadores de su fábrica quienes lo habrían arruinado, vendiéndole bajo cuerda las acciones que les entregaba como incentivos a final de año a los americanos de Chrysler, no parece que fuera exactamente así. Pero ni siquiera con aquello pretendió engañarme. No intencionadamente desde luego. Nunca lo hizo.
Los americanos se habrían quedado con la fábrica que don Eduardo había creado en el humilde barrio de Villaverde el Madrid, mediante sucesivas ampliaciones de capital a las que la familia Barreiros no habría podido responder. Porque Barreiros, la gran marca de motores española no estatal, fue, hasta la llegada de los americanos, una empresa familiar en la que don Eduardo trabajaba todos los días codo a codo con sus hermanos.
Hay una película de Berlanga, que me encanta y que he llegado a utilizar como cierre de alguna ponencia, que ironiza sobre un hecho histórico de nuestro siglo XX: España se quedó fuera del Plan Marshall.
Para no salirme mucho del tema de Barreiros, solo daré una pequeña pincelada sobre el asunto para quienes pudieran no saber de qué hablo. En la película de Berlanga “Bienvenido Mister Marshall”, los americanos pasan de largo por un pueblo que había estado fantaseando con la llegada de su dinero. El famoso Plan Marshall fue la herramienta financiera que utilizaron los americanos para asegurarse de ser ellos quienes se encargarían de reconstruir Europa después de que hubiera sido completamente arrasada, por ellos y por sí misma, en la II Guerra Mundial. España, que no había participado en aquella guerra, estaba fuera del plan, pero parece ser que hubo algún intento de acogerse a él. Es sobre ese infructuoso interno sobre lo que ironiza la genial película de don Luis.
A don Eduardo le ocurrió justo lo contrario con los americanos, si es que no fue exactamente eso lo que le ocurrió también a toda la Europa que quedo de este lado del muro de Berlín: le llegaros sus dólares, pero terminaron quedándose con todo.
Barreiros firmo un contrato con los grandes fabricantes de Detroit que terminaron incumpliendo las dos partes: don Eduardo no podía vender los coches americanos que se comprometió a montar aquí y los americanos no distribuyeron sus camiones, tractores y motores por el mundo, como se habían comprometido por su parte a hacer.
El caso es que don Eduardo no aceptó quedar relegado a una figura simbólica, a un pelele en manos de aquellos americanos que se habían terminado quedando con la empresa que había creado casi literalmente con sus propias manos y se fue a Cuba, donde montó una fábrica de motores para Fidel Castro, casi gallego como él, después de haber ganado un concurso en el que su motor había derrotado a todos los grandes fabricantes del mundo en una exigente prueba de esfuerzo en la que sólo podía quedar en marcha el ganador.
El niño Eduardo Barreiros era hijo de un señor que decidió dedicarse al transporte de viajeros en aquella España huérfana de infraestructuras de principios del siglo XX, como mi abuelo. Y como a mi padre, a Eduardo le gustaba la mecánica, así que ya desde muy joven se hizo cargo de hacer andar el vetusto autobús de la empresa familiar.
Con el tiempo, en un pequeño taller en su pueblo orensano, consiguió transformar con trabajo, paciencia e ingenio, los motores rusos de los camiones que conocían en aquella época como 3HC (Tres Hermanos Comunistas), para que pudieran funcionar con un combustible más barato que la gasolina sin perder la potencia que necesitaban: el gasoil.
Al parecer lo de los Tres Hermanos Comunistas, y las propias siglas 3HC, era una confusión provocada por la similitud con ellas de los tres caracteres cirílicos que significarían en realidad “Planta Industrial Stalin”. Vamos, que no iban muy desencaminados nuestros ancestros anticomunistas. Mi padre nunca me pareció que lo fuera y dudo que supiera lo de la confusión con los caracteres cirílicos. De hecho, decía que los motores de los Tres Hermanos Comunistas eran muy buenos y que la mejor prueba de ello era que habían soportado un cambio que suponía casi doblar la relación de compresión, y siempre, justo después de decirme eso, me explicaba qué era eso de la relación de compresión y por qué un motor diesel necesitaba tener una relación de compresión mucho más alta que uno de gasolina.
Mi padre, como don Eduardo, también era experto en motores diesel. Los reparaba con mucho esmero aunque no sé si habría podido llegar a transformar aquellos viejos motores rusos de la guerra de haber tenido los medios para hacerlo. Y la necesidad, claro. Mi padre no era mucho más joven que don Eduardo, pero se encontró el trabajo hecho.
Lo que sí hacía era acoplar los motores que Barreiros fabricaba ya en su moderna fábrica de Villaverde a los taxis de su época que, como casi todos los coches, eran de gasolina.
Un día supe que existe una Fundación Eduardo Barreiros que mantiene un pequeño museo en una finca cerca de Madrid y convencí a mi hijo para que me acompañara a visitarlo.
La visita fue una auténtica maravilla, una deliciosa inmersión en un pasado objetivamente mejor de hombres hechos a sí mismos que trabajaban juntos para sacar de la ruina a un pais que había sido arrasado por una terrible guerra y que consiguieron, con lo poco que tenían, darnos a todos nosotros un presente infinitamente mejor que el suyo con el futuro que soñaron.
Mi hijo escuchó atentamente las historias que el simpático guia del museo nos iba contando, seguro que un poco orgulloso de que su padre le hubiera contado ya casi todas porque las había escuchado también atentamente del suyo que, de alguna forma, había sido casi como don Eduardo. Aunque no creo que fuera por eso que lo admiraba tanto.
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