Creo que era la primera vez que bajada de esa impersonal vía que pasa por encima de campos, pueblos y ciudades para pisar la Alcarria.
Digo creo, porque no estoy seguro de que fuera la primera vez. Sea como sea, y hubiera estado o no antes en esa tierra, desde luego era la primera vez que tomaba conciencia de estar en la Alcarria.
Y ni siquiera esta vez -si es que era la primera- sabía que era eso lo que estaba haciendo en un primer momento. Viajábamos en amor y compaña para ver los campos de lavanda, aprovechando que el niño estaba con los abuelos en el pueblo. Que nuestro viaje había sido a la Alcarria lo supe al llegar al hostal que habíamos contratado.
Me di de bruces con el azulejo que conmemora la estancia de don Camilo José Cela en su primer viaje a la Alcarria en la pared del hostal, junto a la puerta. Iba a empezar mi primer viaje a la Alcarria durmiendo en la misma pensión que don Camilo, que se refería a sí mismo en su famoso libro de viajes como “el viajero”. Aunque eso lo supe después, ahora os cuento.
Tuve la mala suerte de conocer al personaje que promocionaba en las televisiones el segundo periplo alcarreño antes que al protagonista del primero. En el colegio y en el catálogo del Círculo de Lectores, a pesar de que La familia de Pascual Duarte gustaba a la incipiente intelectualidad antifranquista que elegía por nosotros nuestras lecturas adolescentes, Cela no era muy celebrado; muchos años después supe que el motivo era que había cometido el imperdonable pecado de juventud de hacer la guerra en el bando equivocado.
Es cierto que paso toda su vida televisiva tratando de hacerse perdonar esa imborrable mácula en su biografía y creo que con la choferesa negra del segundo viaje a la Alcarria y la gracia de la absorción anal del agua de la palangana casi lo consiguió, pero yo había terminado ya la secundaria por aquel entonces y el insigne autor, que no conocí cuando debía, se me hizo antipático.
Los unos le perdonaron su irreverencia de señorito malcriado, su colmena, su familia de Pascual Duarte o su mazurca para dos muertos, pero los otros no le van a perdonar nunca que huyera del Madrid republicano para alistarse en el ejército sublevado. Los otros esas cosas, no las perdonan. Nunca. Y eso que, ya digo: casi lo consiguió.
Mi viaje a la Alcarria, a Brihuega, me llevo a leer el primer Viaje de don Camilo; y el segundo, que venía a continuación en el volumen que saqué de la biblioteca al volver a Madrid. El primero es de una irreverencia comedida, calculada, divertida y cercana. El segundo es un pastiche. Pero los leí los dos.
El conocimiento, la impresión de la célebre comarca quedó pendiente para una próxima visita, pero Brihuega me causó una sorpresa que trataré de describir. Seguro que no será fácil.
Si Cela era “el viajero”, ahora ya no hay viajeros, y mucho me temo que tampoco alcarreños que no tengan su primera residencia en Madrid. En Brihuega, solo hay turistas de una o ninguna pernoctación. Tal vez “visitantes” podría ser más exacto.
Nosotros, como supongo que la mayoría, habíamos ido a ver los campos de lavanda. Llegamos no mucho antes del atardecer; localizamos el hostal, que estaba al pie de la carretera y, siguiendo las indicaciones, fuimos a aparcar nuestro coche a unas pistas deportivas habilitadas al efecto a unos cientos de metros.
Nos registramos y subimos rápido a nuestra habitación para, respetando las instrucciones del folleto turístico que habíamos consultado, vestirnos de blanco para visitar así los campos de lavanda.
Ya con nuestros albares atuendos, y un poco avergonzados, volvimos a bajar y preguntamos a la recepcionista -una alcarreña venida de más allá de la mar océana- por los campos de lavanda.
El momento álgido de la floración y el festival habían pasado ya, pero estábamos de suerte: al parecer hay muchas variedades de lavanda y no todas florecen al mismo tiempo, así que aun quedaban un par de campos el flor que visitar con nuestra ropa blanca.
Nos indicó dos de ellos en uno de esos mapas turísticos plegables que suele haber en los hoteles y nos pusimos en camino hacia el primero de ellos, que encontramos no sin alguna dificultad.
Tras una embarazosa sesión de fotos y un nervioso paseo entre el espliego tratando de no salir retratados en las de los demás y no molestar demasiado a las abejas, decidimos intentar llegar al otro de los campos que la señora del hostal nos había sugerido visitar antes de la puesta de sol.
No solo lo conseguimos, sino que me llevé otra de las sorpresas de nuestra visita. Frente a las hileras de espliego un monumento recordaba la última de las grandes batallas de la guerra de sucesión: la batalla de Villaviciosa.
Volvimos contentos al hostal a dejar nuestros uniformes de recolectores de instantes entre la lavanda y salimos a dar una vuelta por el pueblo. Elegimos para cenar una terraza incrustada en un bonito jardín municipal.
Nos bebimos una botella de un vino de la tierra que no conocíamos y nos gustó mucho, recomendación del camarero que nos atendió, un chico rumano que nos contó que venía a trabajar todos los días con unos compañeros desde Madrid durante la temporada de la lavanda.
Al día siguiente nos levantamos temprano para conocer la histórica villa. La celebre batalla entre austracistas y borbónicos no solo tuvo lugar frente a los campos de lavanda de Villaviciosa, sino que también hubo fuertes combates en Brihuega, donde se habían refugiado las tropas inglesas del ejército aliado, que fueron masacradas por los borbónicos.
En la última de nuestras guerras civiles, fueron las tropas italianas aliadas del ejército sublevado las que sufrieron el calvario en Brihuega, que había instaurado el comunismo libertario al principio de la contienda.
Visitamos el curioso museo de miniaturas del profesor Max, celebre y polifacético hijo de la Villa que alcanzó fama mundial como mago e hipnotizador.
Lo mejor que me pasó en Brihuega fue conocer al cura, don Antonino. Si al final me animo, sería él quien me habría dado la causa de mi futuro Viaje a la Alcarria. Y no me referiría a mi mismo en él como “el viajero”, sino como “el peregrino”. Sería un viaje por las iglesias de la Alcarria para tratar de entrevistarme con sus párrocos; un reverente Viaje a la Alcarria para tratar de compensar los excesos del bueno de don Camilo.
Cómo llegar:
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