Saludo de la Virgen de la Soledad y la Hermandad de la VeraCruz. Viernes Santo. Cortegana (Huelva)

Ahora que todo es bulo y franquismo voy a desmontaros uno que os han metido con calzador y que no se os ha pasado por la cabeza, como ocurre con la mayoría de ellos, poner siquiera en duda: con Franco no salíamos todos en las procesiones de Semana Santa. Es más, la mayoría de la gente no iba nunca a la iglesia, ni siquiera a la misa del domingo.

Esto último es tan fácil de desmontar, que es increíble que alguien, por muy poderoso que sea, haya conseguido instalar en el inconsciente colectivo tan soberana estupidez.

Podéis pensar en vuestro pueblo o vuestro barrio. Aunque puede que todas estas décadas de ingeniería social os hayan llevado a pensar lo contrario, ahora hay más iglesias, más templos católicos y de otras religiones, cristianas y no cristianas, que hace veinte, cuarenta o sesenta años.

De las católicas, las únicas que pueblan la infancia de la mayoría de nosotros, muy pocas han desaparecido y se han construido muchas, sobre todo en las ciudades, a medida que estas han ido creciendo.

El templo de mi parroquia actual celebra estos días el 25 aniversario de su consagración; es decir, no existía en el siglo pasado y no es, ni con mucho, la última iglesia católica construida en la ciudad en la que hoy resido.

Es cierto que en muchos pueblos y aldeas ha desaparecido la misa semanal, como han desaparecido las escuelas. Pero, a diferencia de lo que ha ocurrido con estas últimas, las templos siguen en pie y mantienen de algún modo la función para la que fueron construidos. Aunque solo fuera para celebrar la fiesta de la patrona, siguen teniendo lugar en ellos celebraciones religiosas y alguien, quien sea, sigue blanqueando todos los veranos muchos de los que están encalados.

Desmontar el “bulo” de la obligación de ir a misa los domingos es también muy fácil, mucho más fácil que el de las manifestaciones de la UGT con dos millones de asistentes.

Hace unos años, el Ayuntamiento de Madrid decidió limitar el aforo de la celebración de Fin de Año en Sol a veinticinco mil personas. La policía municipal controla desde entonces los accesos a la plaza esa tarde, cuenta las veinticinco mil y ya no deja pasar a nadie más. La plaza está igual de llena con esas veinticinco personas que con los dos millones de manifestantes de la UGT.

Con la obligación de ir a misa durante el franquismo ocurre algo parecido. Por ejemplo, la catedral de Sevilla, la iglesia gótica más grande del mundo, difícilmente podría albergar dos mil personas en una celebración. Las mayores iglesias de los pueblos, en el mejor de los casos, quinientas.

En el pueblo en el que crecí, muchos niños -no todos- íbamos a misa de doce los domingos. La misa del sábado por la tarde valía también para cumplir con el precepto y había otra el domingo por la tarde. De este modo, aun en el caso de que en las tres celebraciones se cubriera complemente el aforo del templo, habrían podido cumplir con la obligación de ir a misa los domingos un máximo -siendo muy generoso y laxo en el cálculo- de mil quinientas personas. ¿A qué misa iban las otras cinco mil?

Mi padre ni iba nunca a misa. Se pasaba por los entierros y poco más, como la mayoría de los hombres. Las mujeres tampoco solían ir, aunque os parezca mentira. Haceos solo esta pregunta: Si todas las mujeres iban todos los días a misa, ¿por qué había algunas a las que llamaban “beatas”?

En fin, que son cuestiones tan fácilmente rebatibles que no merece la pena seguir abundando en ellas. Y ocurría lo mismo con las procesiones de Semana Santa.

Cuando yo era el niño de pueblo que siempre seré, en pleno franquismo, solo conocía a otro que saliera en las procesiones. Una vez, ya adolescentes ambos, me invitó a salir con él en la suya, que hoy es la mía.

En el pueblo salían cinco procesiones: la Oración en el Huerto la tarde del Domingo de Ramos, el Nazareno la del Jueves Santo, la nuestra la del Viernes Santo y había también una especie de “madrugá”: al empezar la madrugada del viernes, los hombres sacaban al Cristo de la Buena Muerte a hombros, como los legionarios, con dos faroles y un pequeño séquito que se encargaba de hacer los relevos. La Semana Santa la remataba un Vía Crucis en el que, entre los últimos momentos del viernes y los primeros del sábado, las mujeres hacían las estaciones de penitencia, abriendo con sus velas en dos filas la comitiva que tenía como protagonista la parihuela que transportaba a la Virgen de la Soledad ante una sencilla cruz vacía. Tras la parihuela, llevada por unos cuantos hombres, algunos más acompañaban a la Virgen para hacer los relevos.

No creo que fuera el único al que la Transición hizo pensar que la Semana Santa del pueblo terminaría desapareciendo. Creo que llegó a haber años en los que la Virgen de la Soledad se quedó en la iglesia y me consta que alguno más, los pocos cofrades que quedaban, tuvieron que recorrer los bares para conseguir brazos en los que apoyar la pesada Cruz del Cristo de la Buena Muerte.

Hoy el pueblo es mucho más pequeño que cuando yo era niño y, sin curas franquistas que obliguen a nadie a sacar un paso, hay, además de las cinco procesiones de mi infancia, una con Jesús entrando en Jerusalén con la borriquita, una Esperanza que sale el Miércoles Santo y un elegante y respetuoso Santo Entierro el sábado antes de la Pascua. Hay cuadrillas de jóvenes hermanos costaleros y muchas mujeres nazarenas. Sin dejar de ser una Semana Santa de pueblo -expresión que los sevillanos más farisaicos emplean despectivamente- ha crecido casi exponencialmente en algún sentido, si la comparamos con la de mi infancia franquista.

Hay más hermandades, mucha más gente participando en los cortejos, los pasos son más ricos. Hasta hay un pregón de Semana Santa que da al Teatro que construyeron en la Transición uno de los pocos llenos de la temporada.

Yo, mientras Dios me de fuerzas y él quiera venir, seguiré yendo al pueblo con mi hijo a acompañar con mi hermana y mis sobrinos al Cristo de la VeraCruz. Y a rezar por el alma de aquel amigo de la escuela que me invitó a salir con ellos en su cofradía de pueblo, que hoy es la mía.