Hay un dicho popular que, como todos los dichos populares, vale para un roto y para un descosido; valga este otro dicho popular. “Cada cuál cuenta la feria según le ha ido”. Aunque el significado es para mi obvio, aclararé que hace alusión al hecho de que vamos a valorar las cosas es función de nuestros intereses, que, muchas veces, están conectados a nuestras expectativas. Hablo de los intereses legítimos, claro. Así, si una señora ha vendido mucho más turrón que el año anterior en su puesto y la tasa que le cobra el ayuntamiento no ha subido en proporción, dirá que la feria ha estado bien, que ha habido más gente o que ha estado más animada que el año anterior. No veo necesario aclarar que lo contrario también ocurre.
La feria de Sevilla no solo es un evento multitudinario, también es un tema. Supongo que a los sevillanos debería hacerles sentir orgullosos que eso sea así, que su feria esté siempre en boca de todos; ya sabéis: que hablen de ti aunque sea mal. A mi no me interesa el tema, como tampoco me ha interesado mucho nunca la feria, a la que no empecé a ir con cierta asiduidad hasta que dejé de vivir en Sevilla.
Mi madre era de Sevilla, se vestía de flamenca, bailaba y cantaba. En los años de su juventud la feria ni siquiera se celebraba donde se celebra hoy; de hecho, la feria estuvo en el Prado de San Sebastián casi hasta la muerte de Franco, sin que el hecho de su traslado tuviera nada que ver con el franquismo, no nos vayamos a liar.
Yo no recuerdo haber ido de niño a la feria. Supongo que nos dejaban a mi hermana y a mi con mi abuela. Mientras fui joven tampoco me interesó nunca. El ambiente de la feria de Sevilla, como el de los Sanfermines de Pamplona o el Oktoberfest de Múnich, es peculiar.
O eso es lo que yo supongo, porque a los Sanfermines y al Oktoberfest no he ido nunca. Lo de Pamplona me parece un disparate, una auténtica bacanal. No fue de joven, que podría ser cuando tocara y no le veo mucho sentido a ir ya de mayor, a pesar de que no hace mucho surgió la posibilidad y estuve a punto de conocer aquella famosa fiesta.
Si algún día me animara por fin a ir, lo que sí tengo claro es que no se me ocurriría explicar a los pamplonicas como tienen que correr los toros y me tendría bien ganado ir al pilón si se me pasara por la cabeza tamaña estupidez. Tampoco iría a Múnich a explicarles a los bávaros como tienen que tirar la cerveza, claro.
Sin embargo, por una razón que desconozco, hay mucha gente que pretende explicar a los sevillanos como tiene que ser su feria. Y no penséis que me siento molesto o aludido por ello. Soy sevillano de cuna, pero no crecí allí y no vivo allí hace mucho tiempo; soy, digámoslo así: un sevillano no ejerciente. Además, como ya he dicho, no me siento especialmente atraído por la Feria.
En esta edición, la primera estupidez sobre la Feria -y el tono es el adecuado si nos atenemos a la definición- se la escuché al portavoz de la oposición en el Ayuntamiento de Sevilla que, para más inri, ha sido alcalde de la ciudad, aunque lo fuera de modo accidental. El buen señor, bastante menos sevillano que yo si nos atenemos al currículo que recoge la wikipedia, vino a decir que, tal y como estaba planteada, la feria es para los ricos.
Lo de “los ricos” suele ser un mantra de nuevos ricos o de pobres que habrían aspirado a serlo y envidian su forma de vida; si es que existe tal cosa: una forma de vida de rico. Siempre he pensado que si fuera rico, si de repente descubriera que tengo mucho más dinero del que necesito para vivir, que el dinero no es algo por lo que debiera tener que preocuparme durante el resto de mi vida pasara lo que pasara -que eso es para mi ser rico-, seguiría haciendo más o menos las mismas cosas que hago hoy, pero sin mirar los precios.
La Feria de Sevilla, de domingo a domingo, de lunes o lunes, fuera cual fuera la duración, el día de la semana de inicio y de fin, seguirá siendo lo que es: una buena adaptación al presente de una feria de ganado del siglo XIX. Y, sí, está hecha, más que para ricos, para gente que aparenta serlo o se imagina que lo es durante esos días. En mi opinión, me guste o no el modelo, no hay nada de malo en esa pretensión siempre que para ellos sea divertido, que es de lo que se trata.
La feria de Sevilla no es elitista, son las élites, por definición, las que lo son. En Sevilla y en cualquier sitio. Los eventos deportivos o de otro tipo tienen palco y zonas diseñadas para un público con un poder adquisitivo determinado desde que existen, podríamos remontarnos a la antigüedad griega o romana, que es suponemos conocer mejor. Cada grupo social ocupaba su lugar en el teatro o en las carreras de cuadrigas. Hoy, no tienen el mismo precio las entradas de gol con los ultras de los equipos que las cómodas localidades de las tribunas centrales, por no hablar de los palcos VIPs o de autoridades.
La segunda estupidez no la escuché, me la contó mi suegra. Al parecer una “influencer” había decidido demostrar que las casetas de “los ricos” estaban vacías mientras “el pueblo” se agolpaba en la calle impedido de entrar a disfrutar de la feria y había ilustrado su argumento con dos visitas consecutivas a una conocida caseta a la misma hora: la hora en la que la caseta está cerrada para preparar el comedor. Sus vídeos los habían hecho virales cientos de miles de personas que no sabrían situar Sevilla en un mapa, pero eso es lo de menos: lo importante son los “likes” y atacar a “los ricos”.
Si vais a la Feria de Sevilla lo único que tenéis que saber es que hay casetas que son privadas y casetas que son públicas. En las privadas podréis entrar si sus dueños os invitan; en las públicas, el acceso suele ser libre, salvo que la seguridad de los políticos que han ido a visitarlas restrinja la entrada mientras graban el mitin en el que critican la Feria de los ricos.
Por cierto, las dos fotos que aparecen en esta entrada están hechas en el mismo momento, desde el mismo sitio. Podéis elegir la que mejor se ajuste a cómo os ha ido la feria.