Cuando llegamos a Madrid mi mujer, que entonces no lo era, y yo, alquilamos un pequeño apartamento cerca de Cuatro Caminos que en aquel tiempo, a los dos solos, nos resultaba suficiente.
Estaba en un edificio antiguo, pero el apartamento estaba muy bien acondicionado. Cocina y baño nuevos, parqué impecable, calefacción con caldera individual, hasta una pequeña terraza. La casera, una señora encantadora, vivía en el apartamento que flanqueaba con el nuestro el rellano de la primera planta. Había también un ascensor que nunca utilizábamos y no solo porque viviéramos en el primero; debió haber sido colocado no muchos años antes de nosotra llegada y tenía las puertas al final de los tramos de escalera contrarios a las plantas; es decir: teníamos que cogerlo después de haber subido la mitad de la escalera y bajar esa misma mitad después.
Nuestra calle era perpendicular a otras dos. Hacia el oeste subía rumbo a la populosa y ya entonces multicultural calle de Bravo Murillo.
Hacia el este, descendía suavemente hasta una más tranquila y coqueta en la que había un quiosco de prensa que incluía un tenderete con las colecciones de libros y películas que venían con los periódicos y la gente no se llevaba, en una placita en las traseras de la Basílica de la Merced, que es donde solía a ir a misa. Aquella calle se llamaba entonces Comandante Zorita.
Nunca me interese por saber quien era aquel señor, que suponía héroe de alguna guerra y cuyo nombre no había escuchado ni visto escrito nunca antes. Creo que Zorita es un apellido toponímico, pero suena tan vasco que si alguien me hubiera preguntado entonces por el tal comandante Zorita lo habría imaginado en las huestes del general Zumalacárregui o defendiendo Bilbao de ellas.
Que el comandante Zorita había tenido algo que ver con la Guerra Civil española, la del 36, esa que se escribe en mayúsculas y no termina nunca, lo supe hace unos días cuando, paseando por mi antiguo barrio mientras hacia tiempo para la cita que tenía para comer con mi mujer en un restaurante italiano, napolitano para más señas, que había abierto en un pequeño local al poco de llegar nosotros a vivir a aquella calle, comprobé que el Comandante Zorita había pasado a ser el Aviador Zorita.
Eso me recordó una anécdota de juventud. El primer alcalde de esos que llamamos “democráticos”, es decir, los que salieron de las elecciones municipales de 1979, que Dios tiene en su gloria hace ya muchos años, era un personaje realmente peculiar que protagonizó infinidad de ellas en su largo mandato.
La que tiene que ver con esta historia ocurrió durante el primer descaste antifranquista del callejero; aquel que acabo con las avenidas de José Antonio, las calles de Calvo Sotelo y las plazas del Generalísimo en todos los pueblos y ciudades de España.
En el mio la plaza de José Antonio pasó a llamarse plaza de la Constitución; la de Calvo Sotelo, plaza del Divino Salvador y la calle del Generalísimo Franco, calle Real. Pero aquel alcalde, cabeza de lista independiente de la del Partido Socialista Obrero Español, admirador confeso de Franco y José Antonio Primo de RIvera, cuyas fotos mantuvo en su despacho municipal junto a la de Pablo Iglesias, trato de indultar al general Franco degradándolo: propuso sustituir el nombre de la calle Generalisimo Franco por la de un héroe del desembarco de Alhucemas: el comandante Franco.
El plan no funcionó tan buen como el del Aviador Zorita y la calle se llama desde entonces Calle Real. Ha pasado tanto tiempo de aquello que solo los más mayores recordamos ya que alguna vez se llamó calle del Generalísimo Franco, pero la mayoría de los que lo sabemos, recordamos también aquel intento de degradar al ganador de la Guerra Civil que llegó a tener repercusión en la prensa de la época, no solo a nivel local.
Mi proverbial curiosidad me llevó a interesarme por la figura del comandante Zorita. Ahora sabía, además, que había sido aviador, por lo que no pudo tener nada que ver con las guerras carlistas, salvo que consideremos que la del 36 lo fue, claro.
Estuvo en la Guerra que va con mayúsculas, pero tenía 18 años cuando comenzó y truncó una carrera que lo tendría que haber llevado a ser ingeniero de caminos. Las guerras tienes esas cosas.
Además, no era vasco, sino leones, de Ponferrada. El comienzo de la guerra le cogió en León y, más allá de las filias y fobias políticas que pudiera tener un aspirante a la escuela de caminos de 18 años en el verano de 1936, León quedó del bando nacional desde el primer día de la guerra en la península, así que no había mucho donde elegir.
Terminó la guerra como piloto y después estuvo en el frente ruso en la II Guerra Mundial con la Escuadrilla Azul, como voluntario. Parece que fue seleccionado, entre otras cosas, por el hecho de hablar alemán, ya que prácticamente todos los pilotos del bando que ganó la guerra del 36 se presentaron voluntarios para pilotar aquellos aviones alemanes.
Aunque lo que convierte al Comandante Zorita en un prócer, que son quienes deben dar nombre a las calles, avenidas y plazas de nuestras ciudades, por lo que es y tiene que ser recordado es por haber sido el primer piloto español en rebasar la barrera del sonido. Ahí es nada.
Por cierto, en Francia y con un aparato experimental del ejército francés. Parece ser que los franceses trataron de convencerlo para que se quedara de profesor en su academia del aire pero volvió a España para serlo o seguir siéndolo en la nuestra.
El alcalde de mi pueblo no tuvo éxito en su intento de mantener el reconocimiento al que fue general más joven de Europa, aunque para ello tuviera que degradarlo, pero supongo que él, en un Pleno muy mayoritariamente de izquierdas, lo tuvo más difícil que el concejal de Madrid que defendiera la causa del comandante Zorita.
El comandante Zorita, como muchos de los ases de la aviación, se terminó estrellando con un aparato experimental que optaba a formar parte de la dotación de la academia del aire y fue ascendido a titulo póstumo al grado de Teniente Coronel.
Ninguna de estas cosas las sabía antes de que esas estúpidas y endemoniadas leyes que tratan de borrar nuestra historia ofrecieran a quienes la odian la posibilidad de enterrar en el olvido al Teniente Coronel Zorita, primer piloto español en superar la barrera del sonido.
Yo nunca me olvidaré ya de él. Honor a los pioneros.