El antifascismo, la lucha antifascista y, por tanto, los antifascistas, son un invento de la propaganda estalinista en un contexto de guerra revolucionaria. Este es un hecho conocido fuera de la militancia antifascista que, obviamente, la mayoría de los antifascistas niegan.
Se conmemoraró no hace mucho el 80 aniversario de la liberación del campo de concentración judío de Auschwitz. Nosotros siempre nos hemos referido a Auschwitz como un campo de exterminio, pero cualquier reflexión serena sobre el asunto parece indicar que no era exactamente eso, sino un campo de trabajo.
Más que una gigantesca fábrica construida expresamente para exterminar judíos de forma sistemática, parece ser que Auschwitz habría sido un gran complejo industrial en el que se empleaba mano de obra esclava judía y de otras muchas filiaciones.
En Auschwitz habría habido también prisioneros soviéticos capturados en los combates del frente del este y que, al ser “liberados” por el ejercito rojo, el suyo, habrían sido trasladados directamente desde el campo de concentración de Auschwitz hasta campos de concentración en Siberia por las autoridades soviéticas, acusados del delito de traición por haberse dejado capturar o haber colaborado de algún modo con los nazis.
El relato de lo que ocurrió en los campos de concentración nazis nos viene de sus enemigos en un contexto de guerra y es amplificado por el relato de antiguos prisioneros, algunos de los cuales habrían participado activamente en la lucha antifascista, como es el caso del italiano Primo Levi.
Levi es un partisano, un militante antifascista en el momento de ser detenido en Italia. Trasladado a Auschwitz trabaja en una de las fábricas del complejo industrial porque es químico.
Otros dos grandes amplificadores de lo ocurrido en los campos de concentración nazis son los famosos juicios de Nuremberg y las grabaciones cinematográficas hechas por británicos y estadounidenses en los campos de concentración liberados por ellos en Alemania.
Esto me ha llevado siempre a una primera conclusión que en algunos países de Europa podría suponer, o supondría, una acusación por el delito de negacionismo: las imágenes que hemos visto una y otra vez con las pilas de cadáveres y esqueléticos judíos muertos en vida no son de Auschwitz.
En los años 70, en plena guerra fría, se publica en Francia un libro escrito por un superviviente de los campos de concentración soviéticos. El libro se llama Archipiélago GULAG y relata las vivencias de presos en los campos de reeducación soviéticos entre los años 1918 y 1956.
El título del libro, aunque en realidad son varios libros, hace referencia al hecho de que los campos de concentración soviéticos constituían una red, serían un “archipiélago” de prisiones o campos de trabajo. GULAG es un acrónimo (Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional).
Aunque muy probablemente venga de Italia, que es donde se creo y desarrolló el fascismo, el antifascismo tiene su acto inaugural en la guerra civil española de 1936.
Stalin, a través de la III Internacional Comumista (la Komintern), decide reclutar voluntarios para luchar contra el fascismo en la guerra española, que según los historiadores antifascistas y la hoy historiografía oficial, habría sido una lucha entre la democracia y el fascismo.
Hay episodios en la guerra española, como la famosa batalla del Jarama, en los que se enfrentan tropas italianas reclutadas por el régimen fascista de Mussolini a tropas italianas reclutadas por la III Internacional. Es decir: se encuentran en el frente italianos fascistas e italianos comunistas, que por las razones que explico, han pasado a la historia como antifascistas o demócratas.
El éxito de la propaganda estalinista en la identificación de comunismo y democracia, pervive extrañamente hoy y podemos ver pruebas y ejemplos de ello en cualquier medio de comunicación, en las redes sociales, en las conversaciones de bar, en los parlamentos,…
Para Stalin, como para la mayoría de los comunistas, el comunismo es la democracia y cualquiera que no sea comunista es un fascista, lo que convierte, por oposición, a cualquier comunista en antifascista. Es decir, solo habría comunistas, que en el ideario comunista son los únicos demócratas, porque solo el pueblo que acepta el comunismo como modelo de sociedad puede ser democrático, y fascistas, que, siempre en su ideario, son los enemigos del pueblo.
Entiendo que esta visión política tan simplista, frentista y maniquea pueda tener sentido en el contexto de una guerra tan brutal como la guerra civil rusa que provocaron los bolcheviques, la española de 1936 o la segunda guerra mundial, pero continuar hoy en Europa utilizando ese lenguaje de guerra, esa tosca y falsa identificación entre comunistas, socialistas, izquierdistas y progresistas o demócratas, persiguiendo como peligrosos fascistas al resto de la población, no tiene ningún sentido y es algo que debería hacernos reflexionar como sociedad.
Lo que cuenta Primo Levi tiene una pátina de verdad oficial que no ha alcanzado ni podrá alcanzar lo que cuenta Aleksandr Solzhenitsyn en ninguno de sus libros, porque Stalin se sentó en la conferencia de Yalta con los líderes de las democracias occidentales; porque juntos derrotaron a los nazis (que, por cierto, no eran fascistas, sino socialistas: nacional-socialistas).
Lo que hicieron los nazis en Auschwitz fue un disparate, cuantitativa y puede que hasta cualitativamente distinto a lo que hicieron los soviéticos en sus campos de concentración, pero no tiene sentido que podamos poner en duda, analizar, estudiar, matizar, realizar un análisis crítico de lo que hicieron unos y no de lo que hicieron los otros, so pena de estar cometiendo un delito.
Podemos encontrar muchos ejemplos de disparates, de genocidios, de exterminio de poblaciones. El que más me impresiona a mí por su virulencia y su magnitud es el que llevaron a cabo los Jemeres rojos en Camboya (la actual Kampuchea). Los Jemeres Rojos, los comunistas camboyanos, asesinaron al 25% de la población. No sé si en ese ámbito oriental la lucha es contra el fascismo, la disidencia o los contrarrevolucionarios, pero el resultado al final siempre es el mismo: perseguir o exterminar a la parte de la población que no acepta tu idea de cómo debe regirse la sociedad.
En el caso camboyano hay un hecho, además tremendamente revelador, esclarecedor y el mejor aval de mi posición en este asunto, la mejor prueba de que el tablero está todavía peligrosamente inclinado hacia la izquierda: el Partido Comunista camboyano, que contó con el apoyo de muchos países mientras masacraba a su propia población -y eso incluye a alguna de las sacro-santas democracias occidentales-, pasó a llamarse Partido Democrático, como la parte de Alemania que se quedó Stalin tras la derrota del nazismo; la Alemania comunista, se llamó República Democrática Alemana.
Conmemoramos todos los años la liberación del campo de concentración de Auschwitz por el ejercito rojo, pero casi nadie ha oído hablar de los Jemeres Rojos. Lo de haber leído o hacer alusión a alguno de los archipiélagos GULAG, te convierte directamente en sospechoso de estar alineado con grupos de la extrema derecha.
Hace unos días escuché en un programa de radio que Aleksandr Solzhenitsyn sería al imperio soviético o ruso lo que el Padre Fray Bartolome de las Casas al español, un propagandista que faltaría deliberadamente a la verdad. Y puede que eso sea así. Lo que a mi me parece peligroso es que ni siquiera se nos permita plantear la hipótesis de que también Primo Levi pudiera haberlo sido.