juanignaciogutierrez

No sabría deciros por qué, pero se me ha venido a la cabeza esta foto. Hace mucho que la tengo. Creo que me la dio mi hermana y, por alguna razón, se ha borrado de mi cabeza el momento en que lo hizo.

En estos años, me he encontrado con ella varias veces ordenando cajones o  papeles y, la verdad, no entendía por qué estaba en mi poder, hasta que un día me di cuenta de que en la foto estábamos mi madre y yo.

Supuse entonces que la foto era de mi madre, mi hermana la encontró entre sus cosas cuando murió y me la dio al ver que yo estaba en ella. Tengo que preguntarle.

La foto está hecha en la plaza de toros de mi pueblo, supongo que desde el ruedo. Supongo también, que la haría un fotógrafo del pueblo y mi madre la compraría.

El coqueto monumento es de mediados del siglo XIX y tengo entendido que se construyó por iniciativa privada.

No sé si sus promotores fueron monárquicos o republicanos, católicos o masones, conservadores o liberales, pero, en cualquier caso, debieron ser personas más o menos pudientes, ya que el negocio consistía en poner dinero para hacer una obra de cierta importancia.

Como la mayoría de las plazas pequeñas -no sé si todas son así- tenía dos tendidos: uno de sol y otro de sombra.

Tenía también dos palcos, que son los que aparecen en la foto. El pequeño, para la presidencia del festejo, el más grande para los propietarios. Esos palcos estaban en la zona de sombra, que debemos entender como la parte noble de la plaza.

No soy un entendido, pero creo haber oído alguna vez que, al menos en aquellos tiempos, la presidencia de las plazas de toros la componían tres personas: el presidente y dos asesores, uno veterinario y otro taurino.

Si no me equivoco, el presidente, que hacía las veces de autoridad gubernativa, solía ser el alcalde de la localidad. En nuestra foto lo es.

En cuanto a los asesores, creo que el asesor veterinario solía ser un veterinario -si estaba disponible- y su función era, entre otras, ayudar al presidente a tomar decisiones que tuvieran que ver con la salud de los animales.

El otro asesor, hasta donde sé, debía ser un buen conocedor de la lidia. Supongo que solían ser ganaderos, antiguos matadores o grandes aficionados. Creo que este otro asesor ayudaba al presidente a tomar decisiones sobre el desarrollo de la lidia y a la hora de decidir qué trofeos merecían los matadores.

Cuando yo era niño, creo que había una o dos corridas de toros y una charlotada en la feria del pueblo, que era en septiembre. No recuerdo si se celebraba algún festejo más, pero no creo; no vayáis a pensar que había toros todos los domingos. Ni en los pueblos, ni en ningún sitio.

Así que supongo que la foto debe ser de septiembre de 1969 o 1970, porque yo, en la foto, debo tener como 7 u 8 años. Son los últimos años de lo que ahora llamamos franquismo.

No recuerdo que entonces llamáramos franquismo a nuestro régimen político. Ya sabéis que hay cosas que recordamos -o creemos recordar- mejor que otras, pero creo que no, que la palabra “franquismo” no se utilizaba en aquel tiempo.

Ahora tengo la impresión de que tratan de convencernos de que todo era franquismo y no recuerdo que entonces fuera así.

Evidentemente, yo era un niño. Dicen que más o menos despierto, pero ya sabéis que los niños no entienden mucho de política.

Ahora sí creo entender un poco. Confieso que es un asunto que ha despertado siempre mi interés. Estoy, como diría mi abuela, señalado. Tanto que, de volver a meternos -Dios no lo quiera- en otra vorágine como la que terminó llevándonos a los casi cuarenta años de franquismo, me encontraría en problema si cayera en el lado incorrecto, ya que fui concejal en mis años mozos y esas cosas, las tienen anotadas los fanáticos.

 Volviendo a la foto, tampoco en mis recuerdos están esas dos españas de las que siempre hablamos.

Poco años después -una vez muerto Franco- participamos en un espectáculo en el Castillo, organizado por el colegio, que, aunque yo entonces tampoco lo sabía -seguía siendo un niño- era algo así como un acto de desagravio a algunos de los poetas muertos en la guerra civil.

Y aquel disco de Serrat, claro:

“Españolito que vienes

a España te guarde Dios

una de las dos españas

ha de helarte el corazón.”

Pero hasta ese momento no había, en mi cabeza al menos, dos españas.

En la plaza de toros, como ya he dicho, había un tendido de sol y uno de sombra. Las entradas de sombra eran más caras que las de sol, así que la gente que podía gastar más dinero compraba entradas de sombra y la gente que podía o quería gastar menos, entradas de sol.

Salvo los palcos, cuyos asientos eran más cómodos y espaciosos, todos los asientos de la plaza eran iguales.

La plaza crecía, desde un ruedo razonablemente regular, en círculos concentricos de ladrillos rojos puestos en vertical. El espacio entre un círculo y el siguiente era, precisamente, la altura de esos ladrillos y la profundidas de la grada en la que nos sentábamos, no iba más allá de los 35 o 40 centímetros.

Durante la mayoría del tiempo que duraba el espectáculo, los asientos caros estaban resguardados del sol y los baratos, si apretaba el calor, bajo uno de justicia, así que podía esperarse que la zona de la sombra sería más confortable que la de sol, claro.

De hecho, los dos tendidos estaban separados por un muro. Por un lado, el muro estaba casi encima de la puerta de toriles; junto al otro, en el límite del tendido de sombra, se colocaba la banda, que veía salir los toros.

Ambos muros estaban coronados por una reja para evitar que los espectadores pasaran de un tendido a otro.

Supongo, insisto, que las personas más pudientes comprarían entradas de sombra y las menos pudientes, de sol. Pero tampoco tengo la impresión de que aquello fuera del todo así, de que los dos tendidos representaran la división de pobres y ricos, de dominadores y dominados, de vencedores y vencidos.

Ya he dicho que en el palco grande se sentaban los herederos de las familias que habían construido la plaza, pero eso hecho, que yo evidentemente entonces desconocía, no daba explicación a todo el tendido de sombra.

En la foto están el alcalde, el cura, el juez de paz, la guardia civil, los descendientes de esas familias ricas del pueblo sobre 1850 y no aparecen los obreros que soportan enfrente el sol con pañuelos de mano anudados en las esquinas o gorritos de papel de periódico sobre sus cabezas y tratando de pararlo con la mano. Sí, eso es así. Pero ni eso ocurría solo en España, ni ocurría solo en los toros. De hecho, sigue habiendo localidades mejores y peores, más caras y más baratas, en el teatro, en la ópera, en el futbol, en los conciertos de Serrat,…

Y eso habría sido y es así, independientemente de quién hubiera ganado aquella maldita guerra.

No, yo no creo que haya dos españas. Como tampoco hay dos francias, dos portugales o dos italias. Eso hace mucho tiempo que es un artificio, un ardid de políticos sin escrupulos que encuentran algún beneficio en agruparnos, en mantenernos enfrentados.

Los tíos de mi madre tenían una fonda en el pueblo y las cuadrillas se vestían de luces allí. Yo no he llegado a ser taurino ni antaurino y no termine aficionándome a la Fiesta Nacional, a pesar de que mi tío Ignacio solía llevarme a los toros en la feria porque, no sé si en pago o como regalo, le regalaban las entradas. De sombra, claro.

Es por eso que estoy yo en la foto, con mi madre, justo detrás de la presidencia y de los guardias civiles. 

Y no sé cuántos de los que componemos la escena serían franquistas. Yo, desde luego, no. 

Ni franquista, ni antifranquista, como la inmensa mayoría de los españoles; no nos engañemos tampoco en eso. A Franco y al franquismo lo mantienen vivo unos cientos de miles de extremistas que han decidido que revolver las tripas de gente ignorante sea su forma de hacer política; los de la dialéctica de clases y toda esa parafernalia marxista o pos-marxista. 

El puñado de nostálgicos octogenarios, no lo habría conseguido.

La plaza estuvo muchos años casi abandonada, sin que se celebraran festejos taurinos. Creo que fue un concejal de izquierdas del pueblo, gran aficionado a los toros, quien puso su empeño en restaurarla y ha recuperado su función original. No he vuelto a entrar tras la restauración pero me consta que está muy bonita.

No sé si se conservan los muros, la propiedad y los palcos. Supongo que la reforma supuso eso que llaman ahora una “democratización del espacio” y han desaparecido. Creo que habría sido una buena decisión, si es que la tomaron. 

También me han dicho que las gradas son mucho más cómodas porque se ha reducido mucho el número de localidades (bueno, eso no estaría muy en línea con la “democratización”, pero todo sea por la seguridad y comodidad de los espectadores). 

Me pregunto si conseguirían hacer algo también para evitar que el sol de en la parte de la grada que sigue estando al este. Tengo que preguntar a mi hermana o a alguno de los muchos aficionados que conozco.

Es curioso, ahora recuerdo vivamente a los apoderados de los toreros dando la crónica de la corrida desde el  teléfono que había en la salita de la fonda, en una mesa pequeña de madera, con las patas torneadas, que tenía la guía de Huelva en un estante. 

Pero, ya sabéis hay cosas que recordamos mejor que otras. Y aunque algunos psicólogos se atreverían a daros una explicación, yo no sabría deciros el porqué

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