juanignaciogutierrez

Siempre me han interesado Japón y los japoneses. Sus tradiciones, su respeto por los mayores, su sentido del honor, su capacidad para rehacerse, su estoicismo, su amor sincero por la naturaleza.

Hace muchos años tuve la posibilidad de ir. Íbamos a pasar las vacaciones de Semana Santa (Spring break) en Los Ángeles, y nos ofrecieron ir a Hawai. Una vez allí, si todo iba bien allí, podíamos conseguir un contrato para unos meses en Japón. Yo tenía entonces veintipocos años, toda la vida por delante y algunos lazos demasiado sólidos con mi tierra, que se iba quedando más y más lejos a medida que avanzábamos hacia el oeste. Sentí tal vértigo, que decidí quedarme en el continente, abortando así la posibilidad de la aventura japonesa.

Creo que nunca me arrepentí de no iniciar aquel periplo por el lago español. Como Núñez de Balboa, me limité a verlo, a costearlo un poco, solo que más al norte. Pero mi fascinación por los japoneses no se ha resentido, más bien diría que va en aumento.

Me gustan las películas japonesas; me resultan atractivas e interesantes las mujeres japonesas; hasta me gustó más «Cartas desde Iwo Jima» que “Banderas de nuestros padres”.

Supongo que ahora que ni el mundo ni el tiempo son para mi infinitos, no desaprovecharía la oportunidad de visitar ese viejo imperio, el imperio del sol naciente. Fuera como fuera, aquella tentativa de juventud me habría hecho llegar a Japón desde el este, y de eso me temo que ya no hay ninguna posibilidad, aunque nunca sabemos las vueltas que puede dar la vida.

Antes de irme a Estados Unidos, uno de mis grupos favoritos se llamaba 21 Japonesas. Al volver, me propusieron tocar el bajo en un grupo: «Los Prohibidos»; toque el bajo y hasta llevé cortadas las patillas como Txetxo Bengoetxea y todo durante un par de años.

Supongo que eso es lo más cerca que estuve nunca de Japón. Eso, y cuando veo una japonesa en una cafetería. Entonces imagino que me atreví a cruzar el Pacífico.

 

 

Categorías: Mecápolis

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